sábado, 31 de marzo de 2018

Porque la calandria sabe cantar más melodías que otros pájaros.

Se cuenta que hace muchos siglos, cuando los pueblos vivían apartados los
unos de los otros y los viejos les enseñaban a los jóvenes a hacer sus propias
armas, que como es de suponer, eran hechas de piedras, huesos, palos, fibras
de árboles y otros elementos que la naturaleza les daba, no existía la calandria.
Quién se imaginaría que este lindo pájaro gris, no más grande que una mano
extendida, con alas adornadas de azul y blanco y cuya voz saluda la mañana
con lindos trinos llenos de alegría, alguna vez fue un indio joven y esbelto, que
esperaba ser reconocido como adulto y guerrero.
Urijamo, que así se llamaba el joven, se preparaba para la gran fiesta en la cual
sería sometido a una prueba y consagrado como guerrero. Había tardado
mucho en terminar sus armas, pues se había entretenido en tocar una pequeña
flauta que él mismo había hecho de un pedazo de caña, y en la cual producía
diferentes y lindas melodías, imitando los cantos de las aves.
Finalmente Urijamo terminó de alistar su arco y sus flechas, y se puso a
practicar con ellos. Se sometería a la prueba porque la bella Oriú no lo quería
esperar más; lo iba a elegir como su pareja en el baile que se celebraría
después de la gran prueba.
Mas primero debía demostrar que sabía usar las armas, y entregarles al jefe y
a la asamblea de los sabios y ancianos del pueblo una gallineta, un pato y una
paloma.
Le quedaba una semana para cazarlos en las selvas del Orinoco. Tenía que ir
solo, pero él sabía prender fuego con un palo y unas piedras y preparar su
comida. Además, estaba seguro de que el Gran Espíritu le ayudaría a pasar la
prueba. Sin embargo, no fue así. Urijamo se presentó, pero la suerte no le fue
favorable y no pudo encontrar ninguno de los animales que debía cazar.
Lleno de furia le gritó al Gran Espíritu: «¿Por qué no quieres ayudarme? ¡Se
van a burlar de mí!» Y sacando una flecha se puso a disparar al cielo, matando
lo primero que veía.
Y así siguió; no recogía lo que cazaba, sólo quería demostrarle al Gran Espíritu
que él sabía usar las armas.
Todas sus flechas dieron en el blanco; los animales ensangrentados iban
cayendo, pero a Urijamo no le importaba cuántos mataba.
Al ver la forma en que Urijamo actuaba, el Gran Espíritu se enojó. ¿Cómo era
posible que se comportara así? ¿Acaso Urijamo no sabía que sólo se permitía
cazar lo que era necesario? ¿Por qué no respetaba las leyes de la naturaleza?
El Gran Espíritu se cansó de ver aquella matanza y dirigió los pasos del joven
hacia el gran pantano donde las aguas y el fango lo aprisionaron, impidiéndole
salir de allí.
Los pájaros, que se habían escondido para que no los matara, volvieron a salir
y lo rodearon. Cada cual cantaba su canción de alegría y se burlaba del
cazador cazado por el fango.
Cuando el Gran Espíritu vio que el joven perdía la vida, tomó su cuerpo y lo
convirtió en pájaro. Le dio los colores de los pájaros que lo rodeaban y le
permitió cantar todas las canciones que había escuchado antes de morir.
Así nació la calandria, pájaro de canto melodioso.
Al amanecer, cuando el baile estaba terminando y el Sol comenzaba a poner
un poco de luz en el cielo, los nuevos guerreros se fueron a descansar. De
pronto oyeron el canto de un pájaro que no habían visto antes, y pensaron que
era su amigo Urijamo, que regresaba tarde tocando su flauta. Pero su sorpresa
fue muy grande: sólo vieron un pajarito que no conocían; así que decidieron
llamarlo Urijamo. Con el tiempo este nombre se perdió y se le dio el de
calandria.

Y nuestro señor hizo crecer la hierba mate

De vez en cuando, a nuestro Señor le gusta venir a la Tierra. No revela su
nombre, pero va de país en país, para ver cómo se comportan los hombres y si
no han olvidado sus mandamientos.
Durante uno de esos viajes, el Señor llegó a nuestras tierras. Los caminos
estaban llenos de polvo y las distancias eran muy grandes; no había árboles y
el Sol calentaba en la llanura desde el amanecer hasta el atardecer.
El Señor estaba cansado, pero no decía nada. Fue San Pedro, su compañero
de viaje, quien exclamó: «Estoy muy cansado y me es imposible caminar más.
Es hora de que descansemos. Ahora entiendo por qué la gente de estos
pueblos siempre va a caballo y no a pie».
Miraron por todos lados, y pronto descubrieron un ranchito al lado del camino.
Allí vivían unos campesinos que, al verlos, los recibieron atentamente. La hija
corrió a sacar agua fresca de la olla de barro que guardaban para beber, pero
al darse cuenta de que los viajeros necesitaban bañarse, tomó dos chorotes y
se dirigió al arroyo para traer más agua.
Al poco rato, el puchero estuvo listo y comieron. Era la comida sencilla con que
se alimentaban los campesinos, pero se la ofrecieron a los peregrinos con
respeto y cariño. El Señor se sentía muy a gusto con esta familia y agradecido
por su gentileza. Una vez terminada la comida, la madre les tendió camas en el
piso sobre hojas de maíz, iguales a las de ellos. Todo estaba limpio y tenía olor
a tierra.
Nuestro Señor se acostó, descansó toda la noche, y se despertó muy contento.
San Pedro estaba esperándolo en la puerta para continuar el viaje, pero el
Señor tardaba: quería expresar su agradecimiento. Recogió una rama que
estaba en el suelo, la sembró delante del ranchito, la bendijo y les dijo a los
campesinos:
«Esta mata retoñará y se cubrirá de hojas verdes. Cosechen las hojas y
déjenlas secar al sol; con ellas podrán preparar una bebida que se llamará
mate, y que los refrescará y les dará ánimo. Tómenla con agrado, y al hacerlo
recuerden al viajero que vino de muy lejos y que estuvo contento en su casa».
Los campesinos hicieron lo que el Señor les dijo, y el bienestar y la suerte los
acompañó toda la vida. Los arbustos se multiplicaron, y en esta forma el
matrimonio pudo compartir el mate con sus vecinos, quienes le daban a cambio
carne y pieles.
Donde se bebía mate la gente estaba contenta y sana y gozaba de la vida.
«Fue un regalo del cielo que nos trajo el Señor», solían decir los campesinos,
cuando después del trabajo hacían circular el recipiente con mate y hablaban
de los tiempos pasados.

La paloma blanca con pechera roja

Tupá, el dios guaraní, gobernaba el cielo y la Tierra. Desde las alturas miraba
las verdes planicies, las altas montañas, los mares azules, y se alegraba.
Había flores de todos los colores, pájaros de plumaje verde y rojo vivo,
animales de color amarillo, carmelita, negro, y hombres de piel morena.
Su mirada se fijaba en las cumbres blancas de las montañas y en las nubes, y
veía que este color no se repetía en ninguna de sus creaciones vivas.
«Quisiera ver un animal de color blanco; hace falta entre todos estos colores
fuertes», decía. Pero, ¿cómo lograrlo?
Un día en que el Sol ya se había ocultado y Tupá seguía sentado en su silla,
pensando y reflexionando, la Luna apareció en el cielo, bañando la Tierra con
su luz blanca. Al ver a Tupá sentado en su hamaca con la frente fruncida,
mandó a una de sus hijas a averiguar qué preocupaba al dios.
Apenas lo supo tomó una decisión. Ella misma le prestaría a Tupá su color
blanco resplandeciente para que pudiera crear un animal a su gusto.
Tupá le agradeció a la Luna su ayuda y con emoción formó una paloma grácil.
Cuando ésta empezó a moverse entre las manos del dios poderoso, la Luna la
bañó en su resplandor blanco.
«Ty será tu nombre», exclamó el dios, y la paloma, al oír su nombre, abrió con
su pico las manos del dios y voló hacia la Tierra, hacia las selvas que se hallan
entre los ríos Uruguay y Paraná.
El pájaro era feliz. Encontraba pepitas rojas y azules para comer y tenía agua
limpia para tomar y bañarse. Le gustaba acercarse a las casas de los hombres,
mirarlos y volar alrededor de sus pueblos. Allí encontraba los granos de maíz
que tanto le gustaban.
Los hombres aprendieron su nombre y se lo dieron a todo lo blanco. «¿De
dónde viniste, Ty?», le preguntaban. La paloma los oía, mas sin embargo vivía
triste porque en ninguna parte había un ser parecido a ella. Todos eran de
colores fuertes y resplandecientes; sólo ella era blanca.
«Regresaré al cielo y le pediré a Tupá que me cambie el plumaje y me lo llene
de color», se dijo la paloma mientras volaba hacia el cielo.
Llegó cansada y presentó su petición, pero le fue negada. «¿Cómo es que no
estás contenta? ¡Gasté toda una tarde y una noche para hacerte!», le dijo
Tupá, y la despidió. ¡El estaba orgulloso de haber hecho este animal!
«Me siento rechazada. No quiero vivir más. No tengo ganas de seguir sin color
en un mundo lleno de colores», sollozaba la paloma al volver a la Tierra.
Se escondió en la selva entre enredaderas, buscó una mata con espinas largas
y, estrellándose contra ella con toda su fuerza, se clavó una espina en el
pecho. La sangre manchó el plumaje de la paloma y ésta cayó al suelo sin
sentido.
Al atardecer la paloma despertó; ya no sangraba y fue a bañarse al río, pero la
mancha roja no se le quitaba. Ahora tenía dos colores. Era blanca y roja.
Los hombres y los animales supieron de los sufrimientos de la paloma y
aprendieron a quererla porque estuvo a punto de morir por tratar de tener
colores parecidos a los de los otros seres-vivientes de la Tierra.

El orfebre de los incas

Un día en que Elías trabajaba el campo con su mujer, le dijo: «Nuestro maizal
es muy pequeño; no produce suficiente para alimentarnos a todos; he resuelto
que nuestros hijos mayores salgan a buscar trabajo. Sólo se quedarán con
nosotros los dos pequeños, y así podrán ayudarnos a trabajar el campo cuando
sean mayores».
La madre se opuso, pero el padre insistió. Así que la madre tejió lindos
ponchos de colores vivos, preparó chicha morada y amasó arepas para que
sus hijos pudieran comer y beber por el camino.
Los tres jóvenes se despidieron de sus padres y tomaron el camino que los lle7
varía a Lima. Habían oído que esta ciudad era muy grande y que en ella el
virrey había ordenado construir hermosas iglesias con torres muy altas y
altares cubiertos de oro y plata.
Los hermanos creían que allí encontrarían trabajo y además se harían muy
ricos.
La primera noche la pasaron en una posada al lado del camino. Al día siguiente
los dos hermanos mayores se despertaron muy temprano y decidieron
continuar solos, dejando atrás a Emiliano, el menor. «Es tan tonto que se deja
engañar fácilmente. No nos servirá para nada y tendremos que alimentarlo»,
dijeron.
Al menor no le sorprendió, cuando despertó, ver que sus hermanos se habían
marchado sin él. Siempre lo habían tratado mal y nunca lo habían llevado a
cazar con ellos. Pero él tampoco se había sentido a gusto en su compañía, y
en el pasado, cuando ellos salían, él solía dirigirse a la herrería del pueblo. Al
principio, sólo observaba al herrero, pero, poco a poco, había ido aprendiendo
a manejar las herramientas, y después el maestro le había encargado la
elaboración de pailas, adornos de plata y joyas que las niñas del pueblo
compraban. Y a Emiliano, el oficio de herrero le había parecido el más hermoso
del mundo, pues con sus manos podía producir cosas útiles y bellas.
Mientras recordaba todo esto, Emiliano salió al camino y tomó la determinación
de preguntarles a los indígenas si podía acompañarlos y ayudarles a llevar
carbón de palo a la gran ciudad; éstos aceptaron su oferta.
Al llegar a la ciudad, Emiliano miraba las calles de piedra, con sus grandes
casas e iglesias, y ante los portones de éstas se quedaba extasiado, sin
atreverse a seguir. Al fin, cobrando valor, se decidió a entrar en las iglesias
para ver los altares, y quedó asombrado al descubrir tanta riqueza y esplendor.
Al día siguiente preguntó por los talleres de los orfebres y recorrió las calles
buscando trabajo, pero todos le contestaron que no tenían nada para él.
¿Quién podía darle trabajo a un muchacho del campo que nadie conocía?
Emiliano comprendía la razón que habían tenido para no emplearlo, así que
tomó el camino de las montañas, alejándose de la ciudad. No entendía muy
bien por qué había elegido aquel camino, en el cual todo estaba desolado, pero
sin saberlo, Emiliano había tomado la ruta de los incas. Era un camino ancho;
las piedras estaban muy bien colocadas, de modo que él podía caminar
cómodamente.
Al atardecer, vio algo que resplandecía delante de sus pies. Era un pedazo de
oro, brillante y blando. Emiliano lo recogió y pensó: «¡Parece que la suerte me
acompaña, a pesar de todo!», y sacando sus herramientas, se puso a trabajar.
En ese momento se le acercó una figura alta, vestida de blanco, que parecía no
tocar el suelo.
Emiliano quiso huir pero el miedo no lo dejó mover. Entonces la figura se le
acercó y le dijo:
«Estás ante uno de los gobernantes del pueblo de los incas. Nosotros hemos
guardado muchos de nuestros tesoros para que los invasores jamás los
encuentren. Necesitamos un orfebre que trabaje los metales y elabore efigies
para alabar al Sol y a los demás dioses. Sé que eres muy honrado y que
podemos confiar en ti. ¿Quieres acompañarme?»
Emiliano se turbó y no supo qué decir, pero siguió a la figura, que lo guió hasta
un precipicio. En frente de ellos se elevaba una montaña muy alta, que de
repente empezó a abrirse. Los dos entraron en una cueva que estaba llena de
oro, plata y piedras preciosas.
Entonces el espíritu del Inca dijo:
«Aquí encontrarás todo lo que necesitas para tu trabajo; también tendrás
comida y vivienda. Cuando hayas terminado, recibirás una recompensa».
Y habiendo dicho estas palabras, desapareció.
Feliz, Emiliano trabajó sin descanso. Por fin podía demostrar que él sabía
trabajar el oro y la plata. Por las noches soñaba con las cosas maravillosas que
haría al día siguiente, y así, poco a poco, fueron amontonándose a su
alrededor las más lindas piezas y las más perfectas imágenes. Sus manos eran
cada día más hábiles y podían elaborar trabajos cada vez más finos.
Un día en que había terminado de trabajar todo el metal, nuevamente apareció
ante él el espíritu del Inca, y le dijo:
«Estamos satisfechos de tu trabajo; en recompensa, te regalo esta figurita de
oro con ojos de esmeralda. Si le frotas los ojos, todos tus deseos serán
cumplidos. Mas no debes contarle a nadie lo que has visto».
De nuevo se encontró el muchacho en el lugar en donde había hallado el
pedacito de oro, pero tenía en las manos la figurita con ojos de esmeralda, que
le demostraba que no había soñado. Frotó los ojos de la figurita y dijo:
«Deseo tener una orfebrería en la capital». Al instante fue trasladado a una
casa grande que tenía un taller con todas las herramientas que necesitaba.
Emiliano se puso a trabajar, y pronto todos venían a admirar su arte y a
comprar las piezas él creaba.
Pero un día tocaron a la puerta de su casa dos mendigos. Emiliano los
reconoció: eran sus hermanos; dejándolos pasar, les dio vestidos y comida y
los invitó a quedarse para que se recuperaran de todas sus desventuras.
Los hermanos se sorprendieron de la buena suerte del joven y, llenos de
curiosidad, le preguntaron cómo se había hecho tan rico. El les contó todo lo
que había pasado, y cómo había logrado lo que tenía.
Los hermanos no entendían por qué Emiliano no se había apoderado del
tesoro de los incas y por qué prefería seguir trabajando.
«Es el mismo tonto de siempre», dijeron. «Nosotros nos disfrazaremos de or
febres y el gran espíritu nos empleará; así podremos apoderarnos de los
tesoros».
Y así lo hicieron. Llevaron herramientas y plata para trabajar, tomaron el
camino que Emiliano les indicó y esperaron... pero no vieron ninguna figura que
volara, ni encontraron el lugar del que les había hablado su hermano.
Regresaron a la casa y siguieron viviendo a expensas de él; le exigían dinero
para gastarlo en la taberna con los amigos.
Como el trabajo del orfebre no era suficiente para el sostenimiento de los tres,
Emiliano tuvo que pedirle a la figurita que le diera más, y, habiéndolo
sorprendido, sus hermanos lo obligaron a revelarles el secreto.
Desde ese día los hermanos sólo pensaron en robarle a Emiliano la pequeña
figura.
Por fin, un día descubrieron el lugar en donde la guardaba, y le dieron unos
polvos para adormecerlo. El hermano mayor tomó la figurita y, frotándole los
ojos, le ordenó que trasladara a Emiliano a la selva más oscura en los límites
del virreinato, para que nunca pudiera regresar.
Cuando los hermanos vieron los poderes que tenía la joya, cada cual quiso ser
su dueño, y fue tal la lucha en que se enredaron, que terminaron matándose el
uno al otro.
La casa quedó desocupada durante algunos años, y, poco a poco los ladrones
se llevaron todo lo que había en ella, incluyendo la figurita de oro, que un día
fue vendida y jamás se supo que alguien volviera a utilizarla por sus poderes.
Después de muchos años llegó a la ciudad un viejecito de pelo gris. Era
Emiliano, que luego de viajar durante mucho tiempo, regresaba a la ciudad de
Lima. Recorrió las calles buscando su casa pero no pudo hallarla. Finalmente,
una ancianita lo reconoció y le contó todo lo que había sucedido.
Dicen que Emiliano regresó a buscar a sus amos, los incas, y cuentan que de
vez en cuando se oye el ruido de metales en las alturas de la cordillera, como
si alguien estuviera trabajando allí.
Lo que sí es cierto es que nadie ha encontrado jamás el tesoro de los incas.

El secreto del Samuchu

Hace algún tiempo conocí a don Ramiro. Todavía llevaba bombachas y botas,
como las que usa la gente del campo en el Paraguay. A don Ramiro le gustaba
entretener a los amigos con sus cuentos. Cuando pasaba el mate de boca en
boca y cada uno tomaba un sorbito de agüita por la caña de plata, don Ramiro
comenzaba a hablar sin que nadie se lo hubiera pedido.
«De joven», empezó don Ramiro, «lo que más me gustaba era perderme en la
selva que se extiende entre los ríos Paraguay y Paraná. Llevaba mi escopeta y
mis anzuelos y jamás me faltó comida.
»Una tarde de diciembre, caliente y sofocante, decidí dedicarme a la pesca.
Estaba cerca del Paraná, que lleva sus aguas verdes hacia el Sur, aguas que
casi no ven el Sol, porque los árboles y las enredaderas no lo dejan penetrar.
La selva estaba silenciosa. Ya no se oían ni se veían los pájaros de vistoso
plumaje. Encontré un pequeño claro en la selva donde crecían orquídeas y un
samuchú. El árbol competía en belleza con las flores que había a su alrededor.
Me senté, dejé caer mi anzuelo al agua y enseguida se hundió. Saqué el primer
pez. ¡Qué bonito era! Sus escamas brillaban y daban visos de muchos colores.
Nunca había visto uno igual. Volví a sumergir el anzuelo y no tardó en picar el
otro. Y así pesqué más y más, hasta que me cansé. Hacía calor. Brillaban los
rayos del Sol, que estaba por ponerse, y los peces que estaban a mi lado; el
olor de las flores me adormecía.
»Creo que me dormí, o por lo menos empecé a soñar. Vi que el tronco del
samuchú se abría ante mis ojos y que de él salía una hermosa muchacha, que
se sentó a mi lado y colocó mi cabeza sobre su falda. Sonriéndome, me pasó
las manos por la frente, y me quitó el cansancio y el calor.
-Dime quién eres -le dije.
-¿Cómo? ¿No viste mi albergue de color bermejo? Soy Samuchú, la que cuida
los árboles de mi nombre, la que los hace crecer, la que ama a todos los
animales que viven a su alrededor -contestó-. He llamado a los peces y te he
llamado a ti, porque cada cien años me permiten salir de mis árboles para que
le revele mi historia a un hombre. Lo escojo bien, porque quiero que me
entienda, que oiga mi historia con asombro y luego se la cuente a otros, para
que se respeten mis árboles en la selva y no se tumben sin necesidad.
»Y dirigiéndose a los peces, les dijo:
-Ayúdenme a contar mi historia.
»La muchacha había hablado en guaraní, el idioma de los habitantes de la
selva, y en ese mismo idioma empezaron a charlar los hombres en que se
habían convertido los peces que había yo sacado del agua.
»Detrás de ellos vi unos toldos y escuché el sonido de tambores.
-¿Quién se ganará a la bella Samuchú como esposa? --dijeron-. Será difícil
conquistarla y satisfacer los deseos de su gran padre, nuestro jefe.
»De pronto, el sonido de unas flautas se mezcló con el clamor de los tambores
y apareció el jefe, el gran Augbaí, llevando de su mano a una muchacha. Todos
guardaron silencio y también la música se silenció, cuando el jefe empezó a
hablar:
-Esta es mi hija Samuchú. Ha llegado el momento de que tome esposo. Ella es
la última de los Augbaí, familia que por tanto tiempo gobernó el país de los
guaraníes. Su esposo debe ser digno ante Tupá, nuestro dios y señor/ para
que pueda gobernar a nuestro pueblo. Demos comienzo a las competencias
entre los jóvenes que quieren someterse a las pruebas previstas.
»Samuchú inclinó la cabeza y se sentó en una butaca al lado de su padre para
presenciar la lucha de los guerreros, quienes nadaron, corrieron, saltaron y
compitieron con arco y flecha, hasta que Samuchú alzó la mano y todo
desapareció delante de mis ojos.
»A mi lado estaba ella, sonriendo como en aquella escena que acababa de ver,
y volviéndose hacia mí, explicó:
-Las competencias siguieron durante más de tres días, después de lo cual
sucedió lo que verás ahora.
»Era como un teatro. Ante mis ojos volvieron a presentarse los actores del
cuadro anterior, sólo que en esta ocasión aparecían en un orden distinto. Ya se
habían destacado tres de los jóvenes, y el jefe Augbaí le dijo a su hija:
-Debes escoger a tu futuro esposo entre estos guerreros. Son los más valiosos
de nuestros pueblos. Los tres son dignos de ser elegidos y agradecerán tu
amor.
»Samuchú los miró fríamente. Después levantó los brazos y, dejando a su
padre y a los jóvenes a un lado, se acercó al río y exclamó en voz alta:
-Nuestro padre, el río Paraná, decidirá mi suerte. A él le pido que me escoja
esposo -dijo, y con estas palabras se sumergió en las aguas.
»El río empezó a murmurar y a levantar su oleaje. La niebla lo cubría todo, y no
se podía ver lo que estaba pasando.
»Los guaraníes estaban muertos de miedo, jamás se habían atrevido a llamar
al gran dios del no para que interviniera en un asunto personal. ¡Era un
atrevimiento que le costaría la vida a la bella hija del jefe! Pero las aguas se
volvieron a calmar y la niebla fue levantada por el viento. Samuchú salió del
agua, acompañada de un joven de aspecto extraño. Su piel blanca contrastaba
con sus ojos verdes, que eran del color del agua de la cual había salido. Su
pelo era amarillo como el maíz, algo que los guaraníes jamás habían visto.
-¿Qué extraño comportamiento es éste? --dijo el jefe-. ¿A quién me traes aquí?
-Este es el esposo que me eligió el gran Paraná -contestó Samuchú.
»Todos los guaraníes se inclinaron hacia las aguas del río, pero el jefe no
estaba satisfecho.
-Tendrá que someterse a las pruebas que acabamos de terminar. Que luche
con los tres guerreros más valientes. Si este desconocido no gana, deberá
morir, y tú con él. No permitiré que la sangre de los Augbaí se mezcle con una
que no sea digna de ellos, y preferiré que mueras con él.
»Y otra vez empezaron las competencias. Todos lucharon hasta el cansancio,
pues ninguno quería darse por vencido. Finalmente, el joven de color blanco
ganó, y el jefe cumplió su palabra y lo unió en matrimonio con su hija.
»Yo había presenciado todo esto como si hubiera sido uno de los guaraníes,
pero entonces la muchacha que estaba a mi lado levantó la mano y la visión
desapareció.
-La historia no ha terminado -dijo, y sus ojos negros se llenaron de lágrimas.
»Otra vez me hallé entre las personas del pueblo. Vi un toldo, y en el toldo a
Samuchú, que, horrorizada, descubrió a su esposo muerto. Había sido
asesinado a cuchillo, y su sangre manchaba el lecho.
»También este cuadro desapareció.
»La muchacha siguió contándome la historia de su vida:
-Mi padre parecía estar contento con la muerte del extranjero, como solía
llamarlo, y no se preocupaba por encontrar al asesino. Me dejó llorar, pero
pasados siete meses me ordenó elegir otro esposo entre los tres guerreros que
habían ganado las competencias en aquel entonces. No pude obedecer.
Nuevamente me eché a las olas del río, suplicándole al gran Paraná que me
ayudara.
»Vi cómo el dios salió de las aguas, tomó de la mano a Samuchú, y le dijo:
-Tú encontrarás paz y albergue aquí en las orillas de mi río. Te daré vida eterna
en los árboles que llevarán tu nombre. Cuidarás de ellos, y ellos de ti. Como no
tendrás un hijo propio, mis peces serán tus hijos. Cada cien años te permitiré
salir de tu casa del samuchú a contarle tu historia a un hombre, a quien podrás
ayudarle, si él desea sembrar tu árbol al lado de su casa.
»Así, mientras el río Paraná desaparecía, en todas partes empezaron a crecer
los árboles de los cuales había hablado el dios, y en cuya flor se mantenía la
belleza de Samuchú.
»Cuando me desperté, no hallé a la muchacha a mi lado. El árbol había
cerrado su tronco y el albergue había desaparecido. Pero los peces que
estaban a mi lado no habían muerto. Los volví a echar al río, y al llegar a mi
casa lo primero que hice fue sembrar un samuchú».
Don Ramiro terminó su cuento. El fuego se estaba apagando. La luz de la Luna
alumbraba las flores del samuchú que abrazaba el techo de la casa. Todos
sentíamos el aroma de aquellas flores y la dulce presencia de la hija del jefe
Augbaí.

El nacimiento de Irupeo la rosa del Agua

Ñandé Yará, el gran espíritu, había decidido que Moratí y Pitá no fueran felices.
Pitá tenía fama de ser el guerrero más ágil y más atractivo de toda la comarca,
y su novia, Moratí, la muchacha más bella que en aquel entonces se conocía.
Los dos se querían mucho y se iban a casar.
Un día, un grupo de niñas y mujeres jóvenes caminaba a la orilla del río
Paraná. Cada una hablaba de su novio, y, para lucirse ante las demás,
describía las cualidades de su enamorado. No se podía negar que Moratí era
vanidosa y orgullosa: Decía que Pitá haría cualquier cosa por ella y que
siempre estaba listo a satisfacer todos sus deseos. Las mujeres se reían.
«¡Esas son palabras!», decían. «¿Quién te las creerá? Pídele que se meta al
rio y ¡verás que no lo hace!» Había llovido. Las aguas del Paraná estaban
amarillas y turbulentas, y el oleaje batía las orillas, Moratí, al oír los
comentarios de las mujeres, se enfureció. Corrió a llamar a su novio, lo trajo y
luego, quitándose su brazalete, lo tiró al río y exclamó: «Ellas dudan de tu
amor. Ve y recupera mi joya, Pitá querido». Pitá no lo pensó ni un momento. Se
lanzó a las aguas y se hundió en ellas. Pitá nadaba como un pez, pero ¿cómo
iba a encontrar el brazalete en esa agua tan turbia?
Moratí sonreía, y las mujeres la miraban con asombro. Habían callado. No la
comprendían. Todas miraban al río, buscando el cuerpo del nadador. ¿Dónde
estaba el atrevido? ¡Pitá tenía que volver! Pero las aguas no se partían.
Seguían corriendo, susurraban y llenaban el aire con su canto feroz.
Moratí se tapó los oídos y se quedó mirando el oleaje con los ojos fijos. No
podía moverse. Las demás mujeres corrieron a buscar ayuda. Al oscurecer,
Moratí volvió al pueblo. No podía llorar. Tenía la culpa. ¡Había mandado a Pitá
a la muerte! Nunca encontrarían su cuerpo. Las aguas se lo habían llevado
para siempre.
Cuando fue a consultar al gran sabio, no sabía qué hacer con su pena y su
soledad.
«Miremos las llamas de mi hoguera», le dijo a Moratí mientras echaba hierbas
al fuego y miraba el humo. Finalmente reveló sus pensamientos: «Pitá no está
muerto. Se enredó en las atarrayas de la ondina del Paraná, quien lo eligió
como novio y le hizo olvidar sus compromisos contigo».
Llorando, Moratí exclamó: «¿Qué puedo hacer para que vuelva? ¿Cómo lo
puedo liberar de ella?» El sabio le dijo: «Tienes que bajar al reino de la ondina.
Debes buscarlo allá. Cuando Pitá vea tu cara se acordará de ti y te amará de
nuevo».
Moratí no esperó a que llegara la mañana. Buscó una piedra bien pesada, la
tomó en sus manos y, cantándole a su novio, se adentró en las aguas.
La muchacha había ido sola, y únicamente por la mañana se supo lo que había
hecho. Todo el pueblo se reunió a la orilla del Paraná a esperar el regreso de
los novios. Esa noche se prendieron grandes hogueras que se reflejaban en las
aguas, y que poco a poco se fueron apagando.
A la madrugada del segundo día, cuando todos comenzaron a marcharse a sus
casas porque ya estaban cansados de mirar y vigilar, vieron algo claro y
desconocido que salía del agua. Era una flor de gran hermosura y delicioso
perfume. Sus pétalos estaban teñidos de rosado en el sitio donde rozaban el
agua, pero por dentro eran de un blanco puro. El centro de la flor también era
rosado y mezclado con un amarillo resplandeciente.
«En esta flor se han unido Pitá y Moratí», dijo el sabio del pueblo. «El gran
espíritu Ñandé Yará les regaló una vida eterna por su gran amor y por su
fidelidad. Irupé, o amor constante, será el nombre de esta flor que nos hará
recordar a la pareja».
Y así han sido y serán recordados Pitá y Moratí por todos los hombres y las
mujeres del Paraná.

Los dos amantes

Hace muchos siglos los aztecas gobernaban a México. Era un reino
majestuoso y los países vecinos tenían que contribuir para aumentar la riqueza
y el esplendor de la corte.
Entre los reyes vasallos estaba Tlaxcala, mas un día se reveló contra el gran
imperio. No quería que su pueblo siguiera pagando tributo ni empobreciendo su
comarca para enriquecer a otro país.
Pero ¿cómo se atrevía a sublevarse contra los más poderosos? Tlaxcala sabía
que su ejército estaba bien entrenado, que su general lo quería y que podía
confiar en él y en sus capacidades.
Popocatépetl, como se llamaba el joven general de Tlaxcala, estaba seguro de
que podía vencer al enemigo. «Nuestras tropas no son numerosas, pero
lucharemos con entusiasmo porque estamos defendiendo nuestra patria contra
los invasores y protegiendo a nuestras mujeres y a nuestros hogares», decía.
Los ojos de Popocatépetl resplandecían al pronunciar estas palabras. Estaba
ansioso de demostrar su valentía y su fidelidad. Quería luchar y ganar fama,
quería regresar victorioso, quería que Tlaxcala lo estimara y lo considerara
como su igual.
Pero, ¿por qué estaba tan interesado Popocatépetl en conquistar la amistad de
su rey? No hay duda de que realmente lo amaba, pero también amaba a su
hija. El general se había enamorado de la princesa, a quien quería con todo el
corazón. Claro que esto era un secreto todavía. No sabía si podía atreverse a
revelarlo antes de salir al combate, aunque estaba seguro de que la princesa
había adivinado su amor. Los ojos de la joven reflejaban los mismos
sentimientos cuando él buscaba su mirada. Ella no lo había rechazado.
«Si tengo el valor de enfrentarme con el enemigo, tengo que tener el valor de
hablar con el padre de ella», se dijo, y fue así como un día le preguntó al rey si
podía tener la esperanza de conquistar a la princesa, si lograba la victoria.
El rey miró al general. El joven era el hombre más honesto y valiente que el rey
había conocido. Le estrechó la mano y le aseguró: «Así como pongo la suerte
de mi país en tus manos, así mismo te encomendaré la felicidad de mi hija».
El general, lleno de emoción, apenas pudo expresar su gratitud. Se puso al
frente de sus soldados y salió al combate.
Luchó con un valor ejemplar que llenó de entusiasmo a todos los hombres y les
permitió conquistar una victoria tras otra.
Durante el combate, Popocatépetl no había dejado volar sus pensamientos,
pero en el momento en que las tropas enemigas se retiraron empezó a soñar
con su novia, cuyos ojos le habían prometido la felicidad.
¡Cómo apuraba a sus soldados! ¡Cómo buscaba el camino más cercano para
regresar a la capital! Hasta que al fin un día entró en la ciudad. Mas no fue
recibido con júbilo. Los habitantes no lo esperaban con coronas de flores y
plumas, como era la costumbre cuando regresaban las tropas victoriosas, ni en
el palacio sonaron los tambores de la victoria.
Los guardias lo miraron y lo dejaron pasar sin decir una sola palabra. Alguna
desgracia había ocurrido. Popocatépetl recordó que su padre le había dicho:
«Hijo mío, es difícil encontrar en un solo camino el éxito, la fama y el amor».
Esto lo atemorizó; pero, sin embargo, entró en los aposentos del rey.
Este, dándole un abrazo, le agradeció la victoria conseguida, pero su cara
estaba triste y no reflejaba el gran triunfo de su país.
«Estamos de luto, Popocatépetl», exclamó. «En vano vienes en busca de tu
novia. Ixtacihuatl ya no está entre nosotros. La flor se marchitó antes de
tiempo. ¡Los dioses no quisieron que diera fruto vuestro amor! Ayer por la
noche murió, y hoy por la mañana la llevamos al templo sagrado».
El rey ocultaba el rostro. No quería que su general viera las lágrimas que salían
de sus ojos.
Popocatépetl se despidió. No pudo quedarse en el palacio. Quería estar junto a
su novia, aquélla que los dioses no le habían querido dar. Encontró la tumba en
el templo y no pudo retener el llanto. «No me dejaré robar el premio a mis
hazañas», exclamó. «Nadie me quitará a mi novia; ella me pertenece y yo a
ella».
Y moviendo la loza que cubría la tumba, tomó a la muchacha en los brazos y
empezó a subir la montaña, en cuya cima se hallaba el templo de los difuntos.
Cuando la aurora empezó a regar su luz rosada, Popocatépetl llegó a la
cumbre que estaba cubierta de nieve y que ahora se veía como bañada de
colores suaves. El joven acostó a su novia y se tendió a su lado; les rogó a los
dioses que los dejaran descansar para siempre. Y así fue. La princesa todavía
yace sobre la cima, tapada con un manto de nieve que se enciende de rosado
por la noche y por la mañana.
¿Y Popocatépetl? Los dioses lo recompensaron por su fidelidad. Lo llevaron al
cerro vecino y allá sigue sentado. Su orgullosa silueta todavía se ve. Desde las
alturas vigila el sueño eterno de su amada, y el Sol y el viento lo acompañan en
su guardia.
Los reyes de aquel tiempo han sido olvidados, pero la gente sigue recordando
a Popocatépetl y a Ixtacihuatl. Las montañas recibieron sus nombres y los
guardarán para siempre.
Al inicio del verano, las lomas de los cerros se llenan de campanillas rosadas.
Los jóvenes que quieren demostrar su amor van en busca de ellas y les llevan
un ramo a sus novias en señal de que las amarán tanto como Popocatépetl
amó a Ixtacihuatl.